lunes, julio 22, 2024

Carta de Noelia para el tío, la tía o el amigo

Yo nací en un contexto de porquería. Muchas veces pensé que tal vez directamente no tendría que haber venido al mundo. Mi papá era borracho y violento. Mi vieja había llegado de Uruguay en el ‘74, y estando sola, hizo lo que pudo. En los noventa, mi viejo era remisero, seguía con problemas de consumos y vivimos gran parte de esa década con mis abuelos paternos; un tano y una hija de tanos, que habían venido después de la guerra muertos de hambre y terror. Cuando yo tenía siete, nació mi hermano, mejor idea no habían podido tener. En fin.

Mi recuerdo más latente de esos tiempos es esperar a la noche, parada en un banquito de madera gastada en la ventana de un cuarto piso en Villa Celina, a ver si venía mi viejo a los tumbos por la última cuadra antes del campo. Casi nunca lo veía llegar, me iba a dormir antes de que eso sucediera, o a hacerme la dormida para que siguiera de largo y nos dejara tranquilos.

No teníamos un mango partido al medio. A veces se compraba una coca – cola, si salía un viaje bueno. Y si ese viaje era a Ezeiza, de alguno que se iba a la mierda de este país que se fue al tacho, yonolovoté, hasta íbamos al Coto de Pompeya y llenábamos un changuito. Yo iba a la escuela, pública, gratuita. No sé cómo, era una buena estudiante. No sé por qué tampoco. Las maestras me querían, y querían a mi vieja, tal vez sabían algo de todo lo que pasaba en casa, no sé. Y siempre, siempre, tenía que hacer las tareas de la escuela en la cama de mi vieja, porque como la abuela tana era brava, y nosotros seguramente molestos, pasábamos la mayor parte del tiempo (mi mamá, mi hermano y yo) encerrados en la pieza. Y yo hacía las tareas en la cama, porque además la abuela no me dejaba usar la mesa del comedor porque eran muebles buenos.

O los sillones porque se aplastaban. O un vaso de vidrio para tomar leche porque se marcaba. Y mi papá venía borracho. Y yo con siente u ocho años le pedía que no tomara más. Él a veces lo intentaba y le duraba unos días, pero nunca más de una semana. Y mi abuelo de Uruguay siempre decía “mirá la Noelia, pobrecita, hace las tareas en la cama, pero qué inteligente, va a ser presidenta” Y yo hacía las tareas, escribía cuentos, dibujaba, todo, todo, arriba de la cama. Con mi vieja y mi hermano, arriba de la cama.

Fui a la secundaria, pública y gratuita. Mi viejo siguió tomando, y todo lo demás que venía con eso. Seguí siendo una buena estudiante, no sé cómo, ni porqué. Perito Mercantil era el secundario. Antes de terminar quinto año, y porque era bastante insistente con mi deseo de trabajar, la profesora de contabilidad me dijo “Están necesitando alguien en el estudio contable. ¿Querés venir? Tenés que saber que la contadora con la que vas a trabajar es una persona difícil” Allá fui, y puf! si habrá sido difícil. Pero trabajé y empecé la universidad. Pública y gratuita. Quería ser enfermera, como si todo ese dolor no hubiera sido poco (chiste, ja) La pasé de taquito, porque como decía el abuelo, qué inteligente. A los veintidós me recibí, en la UBA, como la abuela tana siempre había querido que mi viejo se reciba, aunque no me llegó a ver. Pero no, había sido yo, haciendo las tareas siempre arriba de la cama, estudiando y trabajando, pasando las noches a veces en casas ajenas, de un tío, de una prima, de un amigo, porque mi papá andaba loco. Yo, Noelia, me había recibido de enfermera. Y me fui de viaje, por ahí, porque estaba bien disfrutar un poco. Y tuve que volver, porque mi viejo andaba muy loco. Y así muchas veces.

Cuando terminé de dar algunas vueltas, un amigo me preguntó si quería sumarme a dar clases en un bachillerato popular para adultos “Es un secundario, pero diferente. Tratamos de dar los contenidos de manera más horizontal, para que las personas aprendan a construir de otra manera. Es educación popular, vas a tener una pareja pedagógica, quedate tranquila. Tenemos títulos oficiales porque el gobierno de la ciudad nos reconoce, pero no cobramos sueldo, es militar sin bandera política” Allá fui, varios años acompañando gente que la había pasado mil veces peor que yo. Que la estaba pasando mil veces peor de lo que yo la había pasado, gente que no había sido tan inteligente para terminar la secundaria, y ahí se entendía el cómo y el porqué. Y se recibían, y vaya alegría. Y conseguían laburos mejores. Y algunos, muy poquitos, se metían en la universidad.

Y siempre, desde que me recibí, había querido trabajar en Salud Pública, y con un poco de suerte, las vueltas de la vida me llevaron a hacerlo justo tres días antes de que arranque la pandemia. Fue suerte, porque habría sido un suplicio estar en otro lado sin hacer nada por los que más nos necesitaban en esos tiempos.

Cuento esta historia, que es la mía, que pocas veces cuento, porque al fin y al cabo lo que cuenta son las historias de las personas. Y eso lo aprendí en el bachi. Y no todos tenemos la suerte de pasar por lugares así, donde se termina de comprender que siempre atrás de un dato, de una idea, hay historias de personas, que son las que cuentan. Cuento esta historia, que es la mía, que seguro les parece bastante triste, pero que podría haber sido mucho peor si esa escuela, esa secundaria, esa universidad pública y gratuita no existían. ¿Qué habría sido de mí, con toda esa inteligencia y cualidades de presidenta -según mi abuelo- sin el Estado? Yo no sé explicarles a ustedes, lo que significa abrirse un caminito. Oh! La meritocracia, ahí está. Puedo sentirme un monumento a la meritocracia, y sin embargo sé cuán milagrosa es su varita que nos toca solo a algunos, los menos, mientras los otros siguen el curso natural de las cosas, como es de esperarse. Pero ¿Qué habría hecho yo con la meritocracia si no hubiera habido del otro lado una escuela gratuita que me abrazaba? ¿Qué habría hecho yo con ella si la ilusión de la Universidad se truncaba en la falta de dinero? Tal vez, muchas veces tal vez, hubiera seguido el curso natural de las cosas, que vaya a saber la vida dónde me dejaba

Todos los días escuchamos sobre la importancia del Estado. Todos los días, gente que sí, ciertamente lo utiliza poco (cayendo en la inconsistencia de reivindicarlo sin conocer cómo se lo vive) nos cuenta que la salúd pública salva vidas, la escuela contiene los pibes, la universidad permite cumplir sueños. “El 80 y pico porciento de los estudiantes de tal o cual universidad son primera generación de estudiantes” Números, números y más números. Somos estos estudiantes, con historias como la mía, muchas otras mejores y les puedo asegurar, muchas otras peores. Historias de pibes que a los tumbos nos abrimos la cancha para permitirnos ponerle fin a historias de dolores profundos, tristezas que se repiten y repiten, marcas que quedan. Historias de pibes que no podemos, repito, no podemos, imaginarnos un futuro, cualquiera, sin un estado presente.

Tal vez seamos pocos los que lo logramos, tal vez seamos más de lo que podemos visualizar, pero lo que sí es seguro, que todos los días, algunos sobrevivimos solamente porque estas oportunidades existen. Por favor, este domingo, ayudá a que en alguna parte, a una Noelia, no se le rompa la ilusión en pedacitos. Seguro, seguro, hay una más cerca de lo que te imaginás. 

Noelia. 

por Elisa Salzmann

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