viernes, marzo 1, 2024

Claire Keegan, Seamus Heaney: lo rural asible

Está en las salas de Buenos Aires y otras provincias federales la película  The Quiet Girl con dirección y guión de Colm Bairéad. Actúan Catherine Clinch, la preciosa protagonista, Andrew Bennett y Carrie Crowley , la pareja que hospeda a la niña,  Michael Patric y Kate Nic Chonaonaigh, en el rol de sus padres multitaskers, entre otros.

Esta adaptación de la novela Foster de Claire Keegan, preciosamente traducida por Jorge Fondebrider como Tres Luces tiene un tempo que acompaña el escaso tiempo en que la protagonista es desplazada de su casa familiar a la de sus hospitalarios huéspedes, valga aquí la redundancia. La transición es tan brusca como el trato que le da su padre que ni se acuerda de dejarle la poca ropa con que la que ha traído. 

Leo un fragmento de la traducción de Fondebrider para Eterna Cadencia: “Me pregunto por qué miente mi padre sobre el heno. Se le da por mentir sobre cosas que, de ser ciertas, serían lindas. Ahora que mi padre me entregó y que comió hasta saciarse, está ansioso por encender un cigarrillo e irse. Siempre es lo mismo: nunca se queda mucho tiempo en ningún lugar después de haber comido; no como mi madre que se quedaría hablando hasta que oscureciera y volviera a salir el sol. Eso, en todo caso, es lo que dice mi padre, aunque jamás supe que pasara. Con mi madre, todo es trabajo: nosotros, la elaboración de manteca, las cenas, lavarnos y levantarnos y dejarnos listos para misa y la escuela,el destete de los terneros, la contratación de hombres para que aren y rastrillen los campos, estirar el dinero y conectar la alarma. Pero este es otro tipo de casa. Acá hay espacio y tiempo para pensar. Tal vez haya dinero ahorrado.”

La mirada que Claire Keegan otorga a la joven se sostiene con un grado tal de profundidad que el lector se ve obligado a releer mínimos párrafos una y otra vez. El montaje de esta novela multiplica sentidos como la mejor poesía de su compatriota Seamus Heaney, el irlandés Premio Nobel, poeta y ensayista, quien supiera como nadie también traspasar los límites de lo real para volver a mostrar la vida tal cual es.

Al respecto escribió la profesora Silvia Graziano Silvia Graziano: ¿Qué resortes, en lo profundamente humano, alientan a escritores de naciones bajo régimen colonial a asumir la difícil tarea de hacer una cultura inteligible a los ojos de otra? ¿Puede la poesía, constituirse en territorio de exploración de las complejas experiencias implicadas en situaciones de mezclas y choques de culturas? Desde la publicación de “Muerte de un naturalista” en 1966, la cuestión de Irlanda atraviesa la obra poética y ensayística del Nobel Seamus Heaney (n.1939). Tras los conflictos violentos en el Ulster de 1969, su poesía y sus trabajos críticos se cargan de contenido social y político a través de una búsqueda casi arqueológica de de una cultura replegada sobre sí misma que no renuncia a su vocación de plenitud: “la poesía como adivinación, como restauración de la cultura…tal vez excavación, una excavación en busca de hallazgos que terminan siendo plantas” .

 “Cavando“, de Seamus Heaney, de su libro Muerte de un naturalista, publicado por la editorial Hiperión, con traducción al castellano de Margarita Ardanaz.

Entre el pulgar y el índice

La regordeta pluma se acomoda; confortable cual arma.

Y bajo mi ventana, el limpio y áspero sonido

Cuando la pala se hunde en el suelo arenisco:

Mi padre está cavando. Lo miro desde arriba

Hasta que su costado que se esfuerza por entre los macizos de flores

Se dobla, y se levanta veinte años atrás

Agachándose al ritmo de surcos de patatas

Donde estaba cavando.

La tosca bota se acunaba en la pala, el mango,

Rozando con la pierna, se levantaba con firmeza.

Él arrancaba los brotes altos, y enterraba muy hondo aquel brillante filo

Para desparramar patatas nuevas que nosotros cogíamos

Encantados con su fresca dureza en nuestras manos.

¡Dios mío, y cómo manejaba el viejo aquella pala!

Exactamente igual que lo había hecho su padre.

Mi abuelo cortaba más turba en un día

Que ningún otro en la turbera de Toner.

Una vez le llevé leche en una botella

Con un descuidado tapón de papel. Se enderezó

Para beberla; luego se inclinó de nuevo a la tarea

Cortando y rebanando con esmero, arrojando terrones

Por encima del hombro, ahondando más y más

En busca de la turba buena. Cavando.

El olor frío del mantillo, el chapoteo y el golpe

De la turba empapada, los secos cortes del filo

Atravesando las raíces vivas despiertan en mi cabeza.

Yo no tengo una pala con que seguir a hombres como ellos.

Entre el pulgar y el índice

La regordeta pluma se acomoda.

Yo cavaré con ella.

por Elisa Salzmann

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