miércoles, julio 24, 2024

Una dura batalla

Texto de Marcelo Brea

Soy platense y tengo con el Río de La Plata una cercanía que muchos desearían. Desde muy chico, mi padre me enseñó a pescar en un club que hoy pertenece a un sindicato  y que cobra cara la entrada. Ese club se llama Club de Pesca La Plata y se encuentra en Punta Lara, a escasos 10 kilómetros de mi ciudad natal. Allí aprendí lo que es el arte de pescar: cómo armar y desarmar una caña, a cuidar el equipo, a encarnar y todo lo que hace a esta hermosa disciplina, hoy practicada por millones de personas sólo en la Argentina. Tengo entendido que mi ciudad está entre las primeras del mundo -si no es la primera- en lo referido a número de habitantes que practican la pesca deportiva.

Hasta acá, lo mío con la pesca se encuadraba sólo en pescar desde el muelle de un club que estaba muy metido en las aguas del río ancho. Pero llegó ese día en  que mi viejo dijo: “Este verano los voy a llevar a conocer Mar del Plata”.

Corría 1969. Yo tenía nueve años, la misma edad que tiene mi hijo Isidro mientras escribo estas líneas.  Me gustaban todos los deportes, pero sentía  una especial debilidad y una gran atracción por la pesca. Creo que esto hizo que, ya instalados ese verano en la “Ciudad Feliz”, me enamorara definitivamente del mar y de sus escolleras. Mientras mis tres hermanos querían playa todo el día, por mi cabecita de niño inquieto sólo pasaba la idea de intentar pescar. Me habían hablado de grandes peces, incluso de tiburones, y en varias oportunidades pude ver cómo, desde las escolleras, muchos pescadores aspiraban a obtener uno. Para mi desazón, mi padre no había llevado su equipo ese verano. Y el motivo era muy válido: él no tenía cañas, reeles, ni líneas para pescar en el mar, por lo que entonces, lo mío fue observar y hacer playa junto a mis hermanos.

Los años transcurrieron y ya adulto, mi pasión y deseo por pescar en el mar se fue cumpliendo. Trabajaba, y por ello había conseguido armarme de todo lo necesario para intentar pescar donde tanto ansiaba: desde un muelle, sobre el mar. De allí hacia adelante, y llegando hasta este 2018, nunca dejé de hacerlo, con grandes alegrías y también largas jornadas de sólo renovar la carnada sin resultados. Pero ese enamoramiento por estar a solas con el mar creció y creció; y el regalo más grande me lo hizo ese mar  el pasado sábado 28 de abril.

En el muelle de pesca de la Ciudad de Pinamar, cerca del mediodía, cuando no salía nada y todos hablaban de lo pobre  que estaba el pique, mi caña de fibra de carbono de cinco metros cabeceó como nunca lo había hecho antes. Es una caña nueva, de tres tramos, que a todos llama la atención por su largo, y que permite realizar lances muy largos. La carnada era un grueso filet de anchoa de banco que la noche anterior había sacado, colando agua con un mediomundo que alquilé.

La lucha de este “coloso”, porque así lo llamé, fue tan digna como titánica. Nunca antes había experimentado algo así. Fueron más de veinte minutos de tirar y que se opongan, de esperar un aflojón o síntoma de cansancio, para poder recoger nylon en mi reel que, junto con la caña, respondió perfectamente a tan dura batalla. Pasado ese lapso, mi inesperado contrincante, al cual aún no había visto todavía, empezó a ceder y a mostrarse. A unos 30 metros del morro, vi un inmenso lomo dorado oscuro, con gruesas aletas que agitaban el agua y me dije “ya está”; pero me equivoqué. Este señor del mar solo se había tomado un breve descanso y los cinco minutos que siguieron fueron inolvidables. Jamás pensé que un “chucho” podía dar tanta pelea y transmitir por la caña semejante muestra de fortaleza.

Ya no rendido ni acabado en sus fuerzas, pero visiblemente debilitado,  yo pude entender que él me regalaba el placer de izarlo hasta el muelle, estableciendo, en ese mismo instante, el tácito trato de que lo devolvería al mar, luego de tomarme la foto que inmortalizara todo aquel momento. Pude elevarlo solo con la ayuda de un mediomundo y otras dos personas que colaboraron conmigo. Como lo habíamos determinado con este “amo de las profundidades”, me regalé la más hermosa de las imágenes que atesoro en mi historial de pesca, sintiendo un inmenso respeto por él para, inmediatamente, comprobar el placer que me causó devolverlo al agua con mis propios brazos.

Detrás de mí, y como si yo fuera un artista, muchas manos aplaudieron y muchas voces me felicitaron. No por haber pescado tan destacado ejemplar, sino por haberlo puesto nuevamente donde él se merecía estar otra vez: en su medio, para seguir dando futuras dignas batallas.

por Juan Ferrari

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