martes, enero 31, 2023

Porque somos un pormenor de presencia de lo inmortal

Si bien,como dice Fabián Casas, la poesía está en estado de pregunta y esto puede en más de una ocasión inquietar al lector, hay algunos poemas rotundamente asertivos, y esto también puede inquietar al lector. Como tantos veranos, la argentina campeona del mundo, está desesperadamente esperando la lluvia, ese milagro que nos salve los ganados y las mieses. Dios sabe cómo cada uno pide por ello. A mí me encuentra leyendo poemas, poemas de poetas argentinos, en este caso un correntino. Francisco de Madariaga, criollo del universo, tal vez la definición más redonda para el autor de esa obra completa y reunida que empieza a aparecer en 1954 con su primer libro El pequeño patíbulo y le suceden Las jaulas del sol (1959), El delito natal (1963), Los terrores de la suerte (1967), El asaltante veraniego (1968), Tembladerales de oro (1973), Llegada de un jaguar a la tranquera (1980), Resplandor de mis bárbaras (1985), El tren casi fluvial (segunda obra reunida 1988), País garza real (1997), Aroma de apariciones (1998), Criollo del universo (1998), Solo contra dios no hay veneno (1998). Francisco de Madariaga nace el 9 de septiembre de 1927, y pasa su primera infancia y adolescencia en el Departamento de Concepción, provincia de Corrientes, entre voces guaraníes y vegetación aguda (palmar, palmeral, jaguar, fluvial) Ya para los años cincuenta se encuentra en Buenos Aires con la creme de la creme de la intelectualidad porteña: Norah Lange, Oliverio Girondo, Olga Orozco, Edgar Bayley, Xul Solar entre otros surrealistas y vanguardistas a quienes les dedica poemas en una suerte de semblanzas biográficas reunidas en En tierra de nadie, Ediciones del Dock, 1998.
En 2005 recibió el Premio Nacional de poesía, entre muchas otras distinciones como el “Premio Municipal de Poesía”, Ciudad de Buenos Aires, por el libro “Criollo del
Universo”.

Leamos sólo dos poemas, “Amanecer fluvial”, que quizás pueda leerse como una a “Oda al mate” al mejor estilo nerudiano y luego – rogando – “LLuvia en las pirquitas”

A M A N E C E R F L U V I A L
NUESTRO amargo subtropical melancólico con
boca de serpiente canta en el embarazo de
los ríos.
Ponedle una flor de agua a su veneno,
a su circulación maldita y pequeña,
a su labor de vendedor de bananas a la orilla
del río diario de azúcar, de sífilis, de sonido.

Lluvia en Las Pirquitas – Francisco Madariaga
a Leonardo Martínez
Va a seguir siendo mía la lluvia cuando yo muera,
todo va a seguir siendo mío,
el trueno conservará intacto su sonido casi negro
y el árbol a orillas del corral gozará con ese trueno,
mientras el olor a presencia de la tierra en la lluvia
será el mismo olor de mi ausencia.
Así le sucede y le sucederá a todo lo que es pertenencia del planeta.
Entonces, a no gemir, mi lejano palmar cuando yo muera,
porque somos un pormenor de presencia de lo inmortal.

por Elisa Salzmann

Galería de imágenes

Latest articles

spot_imgspot_img

Related articles

spot_imgspot_img